miércoles, 6 de octubre de 2010

Relato de un hombre pacifico

              La noche avanzaba lentamente; tome la petaca de whisky, le di un largo trago y la guarde en el bolsillo del traje. Baje las grises escaleras de mármol y abrí la vieja puerta de madera. Una vez fuera del edificio le di otro trago al whisky, no sin antes prender un cigarrillo. Finalmente me dispuse a caminar. Normalmente cuando lo hago ingreso en un mundo extraño, en el cual mis pensamientos cobraban vida. Ese era un mundo hermoso, un mundo de ensueño. Lo amaba más que a nada. Pero hoy era imposible. Hoy no tenía el derecho de soñar.

              El murmullo de la ciudad revolvía mi calmado ser, me desconcentraba. Es por eso que odio la ciudad, no hay silencio en ningún lugar. Los autos con sus bocinas, las personas con sus celulares, algunos discutiendo, otros riéndose, puteándose, escuchando música, lo que sea. Mucha gente, mucho ruido. Esa era la realidad. En la ciudad no había paz. No había tranquilidad. Por eso amaba el campo, pero tenía el curro acá. Este es el dilema de la vida… la felicidad o la plata.

              Yo me había decidido por la segunda. Al fin y al cabo sin ella no podía hacer nada. En el mundo de hoy es casi tan imprescindible como el aire.

-¡Eh, amigo!  ¿Me da una moneda?

              Un muchacho de unos 20 años se acerco hacia mí. Extendió su mano y la poso a unos centímetros de mi estomago. Sus negros ojos me estudiaron rápidamente y se posaron unos momentos en su mano, para luego detenerse completamente en mis ojos.

-No soy tu amigo y, no tengo nada – le dije mientras apartaba su mano y, seguía mi camino.

-¡No seas rata! – dijo.

-¡Rata las pelotas! Me rompo el orto laburando para conseguir unos pesos, y ¡¿vos queres que te de una moneda?! ¡¿Por qué no vas a buscar laburo y dejas de manguear?! ¡Vago de mierda!

-¡Eh, Gil! ¿Qué bardeas? – preguntó, mientras acercaba su cara a la mía.

              Sentía su hediondo aliento chocar contra mi cara, para luego ingresar en mi nariz. Era Disgustante. Realmente disgustante. Definitivamente hoy era el día indicado para fastidiarme. Mi calma se había evaporado con la misma facilidad que lo hace el agua. Saque las manos de mis bolsillos, y formando un puño le descargue mi ira, mi fastidio, mi intranquilidad.  Primero fue contra su mejilla, luego su nariz, y estomago. Por último, me decidí por un buen golpe en la boca, objetivo fácil y más que doloroso para el idiota que se tambaleaba delante mio. 

              Sus rodillas temblaban y, finalmente, terminaron por ceder. Cayó al piso creando un ruido seco que fue absorbido por los sonidos de la ciudad. Quedo allí, sin moverse, como dormido sobre las baldosas mientras un hilo de sangre salía de su nariz y su boca, para luego caer sobre la vereda.

-¡Anda a hacerte curtir, pendejo de mierda! – Grite.

              Mire a los alrededores. Perfecto, nadie me había visto. Me arregle el cabello, y limpie mis ensangrentadas manos en sus ropas. Respire hondo y me aleje del lugar a paso apresurado.

               Mañana será otro día. Esperemos que mejor.

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