Otra maldita noche fría. Las odio. Cuando uno vive en una casa las noches frías son hasta lindas; pero cuando uno vive en la calle… ya es otra cosa. Te congelas. Es como estar desnudo en la Antártida. El frío te cala los huesos, te desgarra la carne, te consume hasta el alma. No hay forma de combatirlo.
No siempre viví en la calle. Hace algunos años tenía una familia. Pero la vida da vueltas. Lo que te da, también te lo quita. Carla, mi mujer, falleció hace ya 10 años. Tenía cáncer; intento sobrevivir, luchó contra la enfermedad pero… fue más fuerte que ella. Mis hijos están muertos. A uno lo mató su novia cuando quiso él dejarla; loca de mierda, nunca me cayó bien, ojala que se esté pudriendo en la cárcel. No hay otro ser humano al que odie tanto, me gustaría verla sufrir. Mi otro hijo, Joaquín, se suicido. Según él su vida era una mierda. No tenia familia, no tenia ambición, no tenia… nada. El único que queda vivo soy yo, si es que a esto puede llamársele vivo.
Cuando murió mi esposa, no lo pude aceptar. Es duro perder a la mujer que amas. Trabajar, dormir, comer, respirar, todo se complico. Lo único que era fácil era tomar. El alcohol ahoga las penas. Pero te destroza de a poco, ahora lo sé. Pero ya es imposible hacer algo al respecto. Las muertes de mis hijos fueron lo peor, no estaba preparado. Fue muy rápido. Perdí a todos mis seres amados en menos de un año. Muchos años fueron los que tarde en formar mi familia y en un solo año lo perdí todo. Deje de trabajar, deje de comer, deje de bañarme. Perdí mi casa, perdí mi auto, perdí todo lo que poseía. Todo salvo el alcohol, él me acompaño. Así empezó mi segunda vida. Ahí empezó mi segunda miseria.
Me mudé a una plaza. Tomé lo poco que aun me pertenecía y me fui. Intenté dejar todo atrás pero, aun hoy, muchos recuerdos me persiguen como si fueran fantasmas que, invisibles, me acechan desde la oscuridad. Fue difícil adaptarse. Pase de dormir en un cómodo colchón de dos plazas, a dormir en el piso, en un banco, en cualquier lugar. Pase de taparme con cálidas frazadas a taparme con diarios. En fin, muchos cambios en poco tiempo. Pero había algo bueno en toda aquella mierda. No todo era malo.
Conseguí una nueva familia. No era lo mismo pero nos cuidábamos entre nosotros. Yo era el abuelo, ya que era el más grande; José, Mirta y Alejandro cumplían el rol de padres; Julián, Sofía y Belén el de hijos. Era toda una experiencia nueva para mí. Si bien había tenido una familia no era como esto, esto era más complicado. Todos intentábamos comportarnos delante de los chicos, no queríamos que tomaran los mismos vicios que nosotros pero era dificultoso. Es complicado cuidar a los niños, protegerlos, en la calle. Yo como adulto entendía porque estaba en la calle pero ¿los niños? ¿Cómo se los haces entender? ¿Qué le podía decir? “Tus padres no te quisieron y por eso estas acá” o “Tus padres son unos hijos de puta”. Eso no servía, era inútil. Los niños sufrían más que ninguno. Y nosotros tratábamos de hacerlo más leve para ellos.
Todos, dentro de la familia, teníamos roles específicos. Algunos pedían monedas, otros pedían comidas en los bares de Córdoba, Callao, Santa fe y Corrientes, otros recorrían parroquias buscando ropas, frazadas; lo que sea. Mi tarea era cuidar que los otros no se llevaran nuestras pocas posesiones. Con los otros me refiero a las demás personas que vivían en la plaza. Solíamos pelearnos bastante. Al ser una familia éramos bastante cerrados y todo lo que hacíamos iba destinado hacia nosotros, sobre todo, hacia los niños. Ellos no entendían nuestro “egoísmo”. A la mierda con el egoísmo. Nos pasábamos, en realidad se pasaban, 12 horas por día recorriendo las calles para buscar algo para nosotros mientras que ellos estaban todo el día sin hacer nada y después nos jodían. Que se vayan a la mierda.
Cuando lo niños se iban a pedir era el tiempo de soledad, el tiempo de reflexión. Sacábamos lo que tuviéramos y lo tomábamos. Cuando uno tiene plata se compra vinos caros, whiskys, o cosas así; acá no. Nosotros tomamos lo que haya, si tiene alcohol está bien. Había algunos que teníamos mas vicios, Mirta y yo fumábamos; José, en cambio, era adicto a la coca. Ni bien se iban los chicos él se mandaba unos tiros de su blanca amiga, y así empezaba él su día. Yo nunca fui amante de la coca, pero me he pegado unos tiros con él ¡Y mierda que lo disfrute! Es una sustancia mágica, pero asesina también.
Cuando yo rozaba los 50 años nuestra familia era ya más pequeña. Sofía y Julián habían crecido y se fueron a vivir con chicos de su edad, mientras que belén… Lo de belén fue algo más trágico. La atropelló un auto. El hijo de puta, la choco y se fue. La ambulancia se la llevó y nada más. La policía ni apareció, total a quien carajo le iba a importar la muerte de una piba de la calle. Después estaba José. La coca lo había consumido; lo habíamos visto morir hace unos años, estaba completamente calvo y delgado, era solo piel y huesos. Estos temas estaban sellados, y otros más. Los tres que quedábamos los obviábamos. No queríamos recordar. Los recuerdos eran dolorosos.
Si bien la vida era más solitaria, había algo positivo. Ahora que los chicos no estaban más, podíamos entregarnos a nuestros vicios todo el día. Fumábamos, tomábamos y muy de vez en cuando nos pegábamos unos blancos tiros.
Hoy fue otro día más, otro como cualquiera. Solo que frío, muy frío. Me desperté cuando el ruido de la mañana fue insoportable. Los autos zumbaban por las calles, los colectivos corrían apresurados llevando a sus trabajos a los madrugadores. Recuerdo los días en que yo era como ellos. Corría todos los días, de aquí para allá, para conseguir unos pesos. Ahora estoy más tranquilo. Me quedo aquí en mi hogar, algunas personas te dan monedas, abrigo y comida. Tengo todo lo que necesito, y mas también. Con los brazos entumecidos, saque de encima todos los pequeños retazos de colchas que cubrían mi cuerpo y me levanté.
Era una linda mañana. El sol recién comenzaba a asomarse por detrás de los grandes edificios. Me desperecé y comencé con el ritual matutino. Fui hasta la esquina.
-Disculpe señor, ¿Me podría dar un cigarro? – dije amablemente.
-No fumo – susurró mientras se alejaba.
No solo se negó, sino que ni me miró. Fue como si hablara con un fantasma, como si yo no estuviera allí. Suele pasar. El principio eso no te molesta, pero con el tiempo… sí. Es horrible que te ignoren, que hagan como si no existís. Es triste. Pero, una pequeña derrota no iba a cagar mis planes.
Un joven se acercaba fumando. Llevaba una gran mochila en su espalda. Media no más de 1.70 y era muy delgado. Parecía no tener carne. Solo huesos y piel. Este tenía cara de pelotudo; era presa fácil. Me acerque.
- Disculpa, ¿me darías un cigarro?
El joven me miró a la cara, y quedo como paralizado. Parecía que había visto un monstruo o algo así. Saco de su bolsillo un paquete de cigarrillos y extendió su mano hacia mí.
-Quédate con el paquete – balbuceo, mientras comenzaba a caminar.
<<Mas fácil de lo que pensé >> – me dije a mi mismo mientras volvía donde estaban los demás.
Una vez allí encendí un cigarrillo y me quede mirando el cielo. Poco a poco el sol avanzaba y teñía los alrededores de colores anaranjados. Era hermoso, simplemente hermoso. Me lleve el cigarrillo a la boca y di una larga pitada mientras contemplaba la belleza de la plaza iluminada por el sol. Tome un cartón de vino que todavía contenía algo y le di un sorbo. Eso es lo bueno de vivir en la calle, aprendes a amar las cosas simples. El paisaje era una de ellas. El ritual, esta mañana fue más que fácil. Ya tenía lo que quería. Me recosté y quede allí, enamorado de la vida.
Hacia las 10 de la mañana los demás se despertaron.
- ¡Dale viejo! ¿Otra vez te despertaste temprano? – pregunto Alejandro.
- ¿Te jode en algo? – Pregunté – ¿O lo haces para empezar la mañana con una discusión?
-¡¿Qué te pasa pelotudo?! ¿Eh? ¿Queres que te saque los pocos dientes que te quedan? – dijo.
-¡¿Vos y cuantos más?! – pregunté entre carcajadas.
-¡BASTA! ¡Ale, Miguel, los dos cierran el culo o los cago a patadas! – gritó Mirta.
Siempre se las arreglaba para callarnos a los dos. No había nada que hacer. Era mujer. Yo la quería y parecía que Alejandro también, sino, la verdad, no entiendo porque él le hacía caso.
-Pásame un pucho y el vino. No te guardes todo como si fuera tuyo – me dijo ella.
No me gustaban como hablaba, pero… ella era bonita. A pesar de vivir en la plaza, como nosotros. Nunca entendí como hacía para conservarse de esa manera. Parecía más joven. Era bonita. Tenía unas piernas muy largas y con carne donde importaba. Le di los cigarrillos. Di un buen trago al vino y se lo pasé. Di una última pitada al cigarro que sostenía con la mano antes de tirarlo al piso, y pisarlo. Luego, tome la caja de Philips que me regalo tan asustado el joven y me fui de allí. Era la hora de conseguir algunas monedas y algo para comer. Mi estomago ya estaba quejándose. Gruñía ferozmente, pidiendo que le diera algo.
Avancé por Córdoba un par de cuadras. Había un pequeño supermercado de una gran cadena. Me acerque y la puerta se abrió como invitándome a pasar. Di un paso y apareció un guardia. Era bajito y flaco. Un gran matorral de pelo cubría sus brazos, sus manos, y su cara. Parecía alguna bestia deforme. Porque, irónicamente, el único lugar en el que no tenia pelo era en la cabeza. Su pelada brillaba bajo la luz del sol.
-¿Si? ¿Qué desea? – preguntó, mientras tapaba la entrada.
- Quería pedir algo para comer, como siempre – dije con sinceridad.
-No puedo dejarle pasar – dijo mientras cruzaba sus brazos.
-Señor, siempre vengo acá. Me suelen dar lo que acaba de vencer.
-No puedo dejarlo pasar – dijo negándose- es mi trabajo, entiéndame.
- Nunca te vi antes, sos nuevo ¿no? – pregunté.
-Sí, soy nuevo. Estoy en reemplazo del guardia de siempre, quien se encuentra enfermo – respondió, mientras le miraba el culo a una joven que pasaba por ahí.
- ¿Podes decirle a la encargada que estoy aquí? Ella me conoce.
-Es mi trabajo no puedo dejarlo pasar. ¡Vallase! – grito.
-Mira pelotudo me cago en tu puto trabajo. Tengo hambre. Acá me dan comida, y acá me quedo hasta que no llames a la encargada – Vociferé ¿Este pelotudo me va a echar a mi? No tenía idea cuantos años le faltaban para poder hacerlo.
Se abalanzó sobre mí. Fue instantáneo, grité, el sacó su porra y salto sobre mí. Mala suerte para él. Vivir en la calle no viene solo, siempre te peleas con alguien. Di un paso atrás y esquive su golpe. Con la mano abierta tome la porra y con la otra le di un golpe muy fuerte en su mano. El soltó la porra y dio un grito de dolor, pero estaba lejos de darse por vencido. Formando un puño fue a por mi cara. No intente
esquivarlo, no parecía tener fuerza ni experiencia; ni me preocupe, deje que me golpeara.
Su puño dio de lleno en mi rostro. Sentí un gusto metálico en la boca, el impacto había logrado cortarme la boca. Me eche hacia atrás, y pase la lengua por la herida. El joven dudó. Escupí la sangre en el piso, y me lancé sobre él. Con el hombro derecho le di en el abdomen; se tambaleó y cayó al piso. La gente que andaba por allí quedo inmóvil mirando lo que sucedía. No se movían, ni siquiera emitían sonido, parecía que ni respiraban. Me tire sobre él y descargue mis puños sobre su cuerpo. Él no pudo protegerse de mis golpes, solo intentaba sacarme de encima suyo. Pero no lo iba a dejar. Seguí pegándole hasta que sus brazos dejaron de moverse; no tenía ganas de ser asesino. Al ver esto, me pare y lo escupí. Después entre al supermercado. Agarré un par de cosas de las góndolas y me fui. Cuando las sirenas resonaron yo ya estaba lejos, en mi hogar, sentado en la banca, tomando vino y fumando un cigarro. Había logrado agarrar un par de galletitas y un par de cosas más. Con eso mi pansa iba a dejar de gruñir. En fin, algo es algo.
El día dio paso a la tarde, y la tarde dio paso a la noche. Todo fue muy tranquilo. Todo fue normal. Un día como cualquier otro. La gente que caminaba por las cercanías te miraba con miedo, con asco, con desprecio y luego seguían su camino. La polis había pasado por la plaza unas cuantas veces después del incidente del supermercado. Pero no iban a hacer nada. Nunca se nos acercaban. Por miedo o por asco, o por lo que sea. La verdad nunca lo supe. Ya de noche dejaron de hacerlo, y quedamos solos nuevamente.
Tomamos lo que teníamos. No hacíamos asco a nada. Cervezas calientes, vinos que sobraban en los restaurants de la zona, todo. Muchas veces ante la falta de bebidas nos encontrábamos tomando alcohol que conseguíamos en alguna farmacia. Lo necesitábamos para vivir, de la misma manera que el enfermo necesita sus medicamentos. Nos daba la fuerza para soportar otro día más. Y la necesitábamos.
-¿A que no saben que conseguí? – dijo Alejandro, mientras una sonrisa recorría su rostro.
-¿un trabajo? – pregunté irónicamente.
-¡Viejo, no empeces! – grito Mirta antes de que Ale me contestase.
Se llevó la mano a su pantalón y sacó, de un pequeño y mugriento bolsillo, una pequeña bolsita blanca. Ahí apareció ella, delante de nosotros, la sustancia mágica. Aquella que nos llevaba a cualquier lugar, con la que podíamos conseguir lo que queríamos. Ale me paso la bolsita, y me encargue de hacer seis pequeñas líneas, dos para cada uno. Cuando termine agarre la lapicera que guardábamos para esas ocasiones. Le saque el cartucho, coloque el plástico en mi nariz y le di la primera inhalada. Después los demás hicieron lo mismo, cuando terminaron ellos, todavía me quedaba una línea. Me coloque la lapicera en la nariz y me acerque a la línea.
-¡Eh, Amigo! – gritó, cuando yo estaba a punto de inhalar la línea restante.
Levaté la cabeza. Un hombre de unos 40 años venía trotando hasta donde estábamos nosotros. Lo reconocí de inmediato, vivía en la plaza con el otro grupo. No le di importancia. Me agache y me termine mi ración de sustancia mágica.
-¿Me dan una línea? – pregunto agitado.
- No queda nada che – dije, mientras me pasaba el dedo por la nariz, para luego lamer los sobrantes – y,
aunque quedara no te daría nada ¡Desaparece!
-Eh, gil. Acá vivimos todos en el mismo lugar. Tenes que compartir son las leyes de la plaza.
-¿Quién dijo eso? – dije arrogantemente.
-¡Yo lo digo! ¿Acaso pensas llevarme la contra? – preguntó, mientras se arremangaba las mangas, intentado señalar una pelea.
Mire a Alejandro y a Mirta. Solté una carcajada incomparable. Nunca me había reído de tal manera. Aquel idiota pensaba que le tenía miedo ¡Me venía a camorrear a mí! ¡Justo a mí! Me pare y me soné el cuello. El se acerco y coloco su cara a unos centímetros de la mía. Parecía que me quería dar un beso.
-Puto de mierda. Te voy a romper el orto a patadas – susurré.
Algo golpeó mi cabeza. Caí al piso. Cuando lo miré, él estaba sonriendo.
-¿Ya está? ¿Eso es todo viejo puto? – pregunto riéndose.
Odio que me miren de arriba. No hay cosa que odie más. Me levante de un salto y le encajé un gancho en la mandíbula. Le di un golpe cortito, pero fuerte, en el abdomen, para que le costara respirar. Se tomo el estomago con las dos manos y se agacho. Estaba totalmente desprotegido. Me saque la zapatilla rápidamente, era lo que más costaba conseguir si vivías en la calle y no pensaba dejar que se rompiera ahí. Una vez descalzo le di con el empeine en los testículos. Se retorció de dolor. Sus ojos se llenaron de lágrimas. Ese era el hombre más ridículo que había conocido. No podía dejar de reírme.
Estaba ahí, en el piso retorciéndose. Yo le seguí atinando patadas. No pensaba detenerme, los idiotas como estos solo entienden con la violencia. Estaba disfrutando de una pelea como nunca. Quizás algo cambió en mí en algún momento, o quizás fue la cocaína. No lo sé, ni me importa. Le pegaba y no podía parar. Ya no se movía, no sé si respiraba siquiera, pero mis patadas no cesaban. Era como si hubiera sido poseído por algún violento demonio. Junte toda mi fuerza y le descargue una buena su cara. Su nariz estalló. La sangre salió a borbotones de ella, corría por toda su cara, y, luego, caía sobre el piso.
Escuché unos gritos y me encontré tumbado en el piso. Me levante de golpe buscando la causa. Y la vi, allí estaban tres hombres parados mirándome y gritándome cosas que no me molesté en escuchar. Me abalancé sobre ellos. No entendí muy bien lo que sucedió después. Sé muy poco. Vi un destello blanco, y mis fuerzas desaparecieron. Me caí al piso y allí quede, inmóvil.
Me dolía el estomago. Posé mi mano en él y lo encontré húmedo. Levante mi mano, y la miré. Estaba empapada en una sustancia roja.
<< ¿Qué es esto? >> – me pregunté.
Vi como Mirta se agachaba a mi lado con sus ojos llorosos. Nunca me gusto verla llorar. Me apenaba, me daba una sensación muy dolorosa.
Era otra maldita noche fría. En la que el frío te calaba los huesos, te desgarraba la carne, te consumía el alma. Pero aquella noche era diferente. Era más fría, y yo quería algo de alcohol que me calentara. Intente decir que quería vino pero, en vez de palabras, salió un hilo de sangre. Me dolía todo el cuerpo. Y ella continuaba llorando; sus lágrimas cambiaron de colores, cuando aparecieron unas luces verdes y azules juntos con sus sirenas. Al fin entendí lo que sucedía. Quise reírme pero no podía; no me molestó saber lo que pasaba. Al final me iba a reunir con toda mi familia, y ahora iba a ser más grande que nunca.
Sonreí, cerré los ojos y dormí.
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