jueves, 7 de octubre de 2010

La interrupcíon

               Eran las 3.30 de la tarde de un martes descomunal. Yo estaba con ella, besándola. Una situación perfecta, con una mujer de ensueño. Sus cabellos rubios caían como la lluvia hasta su pequeña cintura. Nos separamos para tomar aire y los vi. Eran hermosos. Sus celestes ojos destellaron con vida propia, como el mismo sol. Ya no podía controlarme, tampoco quería. Mis manos se movían solas, acariciando todo su cuerpo, todo su ser. Que mujer bella, que cuerpo… era perfecta. Nos Besamos nuevamente, y sin separarnos caminamos como pudimos hasta la habitación. Abrí la puerta con una mano mientras con la otra seguía acariciándola. Entramos y ahí empezó la diversión. Se desnudo, y me desnude.

               Mis ojos recorrieron su cuerpo desnudo.

-Voy al baño un segundo – me dijo mientras se daba vuelta.

               Por primera vez la veía de atrás. No era pobre en ningún aspecto, por el contrario estaba muy bien dotada. Sin duda alguna, tenía que tomar la pastilla. Quería que durara el mayor tiempo posible. Antes hubiera podido hacerlo sin tomarla. Pero la edad no viene sola, lo aprendí a la fuerza; Estaba por cumplir los 40 y cada vez aguantaba menos. Que le iba a hacer, la naturaleza estaba en mi contra.

               Fuí hasta la mesa de luz. Tomé el pastillero y retiré de su interior una pequeña pastilla de color azul. Agarré, y destapé una botella de whisky barato. Me puse la pastilla en la boca y le di un sorbo. Ya estaba listo para un buen polvo, con una pendeja. Y… ¡Que pendeja! Tiré todo lo que había sobre la cama al piso; los calzoncillos, las botellas, las colillas. El sol me fastidiaba, la verdad era que, prefería los polvos en la oscuridad. Así que fui y baje la perciana. Ahora sí estaba totalmente perfecto. Fui hacia la cama y me recosté.

               Un haz de luz corto la lobreguez de la habitación. Myra salió del baño. Se acostó arriba mío y me beso. Metí mi lengua en su boca y…

-Ring!

               El sonido del timbre rompió el clima, destruyó mi felicidad. La mujer de mis sueños separó sus labios de los míos, me miró y se recostó en la cama.

-Atendé y decile al muy pelotudo que saque el dedo del timbre – dijo, mientras sonreía mostrando sus blancos dientes.

-Cuando se canse se va a ir. No vale la pena atender – dije mientras colocaba nuevamente mis manos sobre sus pechos.

-Ring! Ring!

-¡Anda! No soporto ese ruido – exclamó con autoridad.

               Me levanté de la cama y salí de mi habitación para, de esa manera, ingresar al comedor. Estaba totalmente desordenado; libros, colillas, cervezas, botellas de whiskys, todo esparcido por el piso. Me hice camino sobre los desechos de mis vicios y llegué a la cocina. Tomé el teléfono.

-¡Sí! ¡¿Quién es?! – pregunté fastidiado.

-Buenos días señor. Estoy profesando la sabiduría de dios, su palabra. ¿Tendría un momento? – dijo con un tono falso, una imitación barata de misticismo.

-Váyase al carajo usted y su puto dios – grité. Me podrían haber molestado para muchas cosas, pero esa era la más molesta, sin ninguna duda. Al fin y al cabo, hoy en día, ¿A quién le importa dios?

Colgué el teléfono de un golpe. Los vidrios de las ventanas vibraron ante el impacto.

 Ring! Ring! – no se hizo esperar.

-¿Qué mierda quiere ahora? – grité.

-Señor, ¡¿Cómo pudo decir eso de dios!? ¡Él le dio la vida! – replicó con un tono que denotaba cierto 
enfado.

-Mira flaco, hasta donde sé la vida me la dieron mis viejos y, por error.

-Usted no entiende, dios creo a los hombres… ¡Dios creó a sus padres! – dijo lentamente, como si pensara que estaba hablando con un pelotudo.

-A mis viejos los crearon sus viejos. Se pegaron un polvo de puta madre y salieron ellos. Y así fue siempre. Dios es una puta mentira. Así que, ¡DEJA DE ROMPERME LAS PELOTAS! – grité mientras colgaba el teléfono.

               No lo aguantaba más. Era mucho más molesto que los malos comediantes. Aquellos que cuando los escuchas te dan ganas de subirte al escenario, y darle unas buenas trompadas en donde más les duela. Hijo de puta, no solo me interrumpió el polvo sino que me fastidió completamente. Miré el reloj eran las 3.45. Respiré hondo y encaré para la habitación.

Ring! Ring!

               Me di media vuelta y agarré el teléfono nuevamente. El plástico crujió ante la fuerza de mis manos.

-¡NO TE SOPORTO MAS PELOTUDO! ¡ANDA A CONTARLE LA PALABRA DE DIOS A ALGUIEN QUE LE IMPORTE! – grité impaciente.

- ¡No señor! ¡Me niego! ¡Usted es el indicado! Tengo que llevarlo por el camino de la verdad, por el camino de dios. ¡Es mi deber como cristiano! – manifestó.

-Mira flaco, porque no agarras a tu buen camino y a tu dios, los apretas bien apretaditos y te los metes los dos juntos en el culo. ¡Me estas interrumpiendo un polvo!

-¡Señor! ¡Un polvo no es mejor que dios! Es solo algo terrenal, no es mejor que lo espiritual. Por favor, permítame ayudarlo – rogó.

-¡Anda a hacerte coger pelotudo!

               Colgué. No soportaba mas nada, ni siquiera a mí mismo. Ya ni tenía ganas de coger. Solo quería romperlo todo.

Ring! Ring! Ring! Ring! Ring!

- Espéreme un Segundo por favor, ya regreso.

               Salí de la cocina, y camine hasta la habitación. Abrí la puerta y allí estaba ella.

-Myra, va a tardar un ratito mas ¿sabes? Este idiota no se quiere ir ¿Queres tomar algo mientras?

-No, estoy bien ¿Te molesta si empiezo sola?

-Todo bien. Disfrútalo.

               Miré su hermoso cuerpo desnudo mientras avanzaba hacia la mesa de luz. Abrí el segundo cajón y tome aquella hermosa pipa de cerámica que había comprado años atrás en la feria hippie del bolsón. Agarré, también, la pequeña bolsita transparente en donde guardaba marihuana y, luego de prepararlo todo, me largué a la cocina.

               Tomé una botella de whisky en la que todavía quedaba algo y me senté en una silla. Prendí la pipa; estaba preparado para volar. Atendí el teléfono.

-¿Sí? Ya puede mostrarme ese camino del que hablaba. Espero que sea divertido, o que valga la pena – dije, mientras daba la primera pitada preparándome para ingresar a un mundo nuevo, imaginario, donde los sinsentidos reinaban sobre la realidad.


****


               Mi amigo estaba totalmente duro, parecía que iba a explotar. Y yo estaba ahí sentado en mí cocina escuchando a un idiota hablar de lo único que sabía: idioteces, mientras en mi habitación había una mujer esperándome desnuda. Di otra pitada y después, un trago. Recién después, solté el humo que se desvaneció en la oscura habitación.

               La vida era simple. Si las personas no te escuchan cuando te quejas entonces le gustan las afirmaciones o los “aja, entiendo”. Hablo, hablo y hablo. No escuche nada de lo que dijo, solo afirmaba de vez en cuando. La verdad no me importaba. No creía en dios, no recuerdo haber creído alguna vez. Siempre sentí que eran mentiras y más mentiras.

               Al fin colgué. Eran las 5.30. Me cagó el polvo, me consumió el viagra. ¿Cómo es posible que exista un dios bueno, piadoso y lleno de amor? ¡¿Qué clase de padre le caga EL POLVO a su hijo?!

               ¡NINGUNO! Ahí está la respuesta, dios no existe. Es fácil darse cuenta. Pero, es más fácil decir que existía, y no tener opiniones propias.

               Abrí la heladera, tomé una cerveza, y salí de la cocina. El comedor giraba, la casa giraba, el país giraba, el mundo giraba desenfrenado. Fui a la pieza. Myra seguía  desnuda, pero estaba profundamente dormida. Abrí la puerta del baño y me agache. Vomité. Largué todo lo que había tomado y comido durante el viaje al cielo. Me levanté del piso, mojé mi frente y me hice un buche para sacarme el gusto a vomito de la boca. Entre a la pieza, y tome un trago de whisky. Saqué una pastilla azul del pastillero y la tomé con whisky. Me acosté en la cama y la desperté.

               Lo que siguió no hace falta contarlo. Fue una tarde excepcional. La mejor de mi vida. Esperemos que se repita.

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